Beethoven dedicó la Sonata para violín nº 9 al gran violinista George Bridgetower, pero como era costumbre en el compositor, cuando el violinista le decepcionó, le des-dedicó la sonata y la volvió a dedicar, esta vez a Kreutzer, considerado un gran violinista también.
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“Al escribir la Sonata a Kreutzer, Beethoven sabía por qué se encontraba en el estado de ánimo que lo impulsó a hacerlo. Por tanto, tenía para él un sentido que no tiene para mí. La música me irrita sin darme una satisfacción definitiva. Al son de una marcha militar, los soldados desfilan, y al de una pieza bailable, se baila, y la música ha conseguido su objetivo. En una misa cantada se comulga, y la música ha justificado también su razón de ser. Pero, en general, uno no siente más que excitación y no sabe lo que debe hacer. Por eso es por lo que, a veces, actúa de un modo tan terrible. En China, la música depende del gobierno. Debería ser así en todas partes. […]”
Platón, siguiendo a Pitágoras y Damón, relaciona ciertos modos musicales con ciertos estados de ánimo. De esta manera, Platón cree que habrá ritmos, y harmonías más acordes con una vida ordenada y, del mismo modo, ritmos y harmonías que influyan en el alma de manera perjudicial, provocando desorden, e incluso, desenfreno y caos. De ahí que la música sea un instrumento valioso en la educación de las almas. Esta educación es entendida como responsabilidad de conseguir una comunidad formada por hombres justos que deseen obedecer la ley. Educar en el respeto a la norma es educar en la virtud: Platón identifica estética y ética otorgando a la música, a la poesía y la danza un papel protagonista en la educación del alma, en aras de conseguir hombres más virtuosos que conformen su ciudad ideal.
También se producen varias adaptaciones para teatro, y en el 2000 una producción del Carolina Ballet, con coreografía de Robert Weiss. El tema también ha sido llevado al cine en multitud de ocasiones.
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