Mickey Mouse y Cía: una lectura feminista



Inicio una serie sobre dibujos animados que empiezo a conocer bien gracias a mi hija, con quien trato de lidiar con el entorno. Espero que sirva a quien lo lea para reflexionar un poco sobre el machismo simbólico, aunque también habrá pinceladas de otras muchas cuestiones con enjundia para una perspectiva educativa en general, no solo feminista.

El primero es Mickey Mouse, pero dejo claro que opinión va sobre los "Mickeys" de los últimos años, que en cualquier caso también recogen muchos elementos de los clásicos, desde luego. Me centro así en comentar La Casa de Mickey Mouse, Mickey y los superpilotos (que incluye "Las ayudantes felices") y Los cuentos de Minnie. La encantadoramente agreste casa de Mickey Mouse se puede poner desde el primer cumpleaños, o incluso antes; los urbanitas superpilotos y las demás series tienen tramas un pelín más complejas y universos más recargados, pero seducen desde los dos años.

Pues bien: mantengo que el noventa y nueve por ciento de la representación femenina en los dibujos animados oscila entre Minnie y Daisy. Minnie sería el estereotipo tradicional del género femenino más tradicional; Daisy, un intento de no hacerlo tan evidente, pero igual o más peligroso.

La ratona va a saco con toda la artillería del rosa, lo cursi, la moda, la damisela en apuros, el amor romántico y el andar de puntillas. Nada nuevo, hasta se ha hablado alguna vez del síndrome de Minnie para referirse, un tanto cruelmente, a las mujeres que solo se definen en función de un hombre (en realidad, lo suyo sería hablar de síndrome de Mickey a los hombres canallas cuyo referente ideal es una mujer a la que someter...) La mujer no nace, se hace, que diría Bouvair. Las minnies, también.

En las últimas series hay cierto maquillaje de todo esto. Pero es simple maquillaje a partir del suavecito feminismo liberal, aquel que ya cree que está todo resuelto. Igual es casualidad, pero le cambiaron el sombrero-florero que la hacía parecer florero entera. Y ahora es empresaria, emprendedora que dirían los peperos; y diseña, qué propio, sus propios lazos, qué propio. No son profesiones indignas, pero sí estereotipadas. Su otra ocupación, después de acompañar a su Mickey en las carreras, pero sin ensuciarse jamás en el taller, es llevar junto a Daisy una especie de estúpida empresa llamada "las ayudantes felices", consistente en hacer favores tradicionalmente feminizados (cuidar niños, cocinar pasteles, organizar fiestas, etc.), y por supuesto, vestidas siempre fashion para cada ocasión gracias a una máquina llamada el "giraestilos". Y todo a cambio de nada, sin ver un solo duro por trabajar. Pero eso sí, muy felices y realizadas en su rol de cuidadoras esclavizadas.

Lo de Daisy es diferente. Se trata de un personaje construido más como complemento a Minnie que a Donald (aunque en la época clásica no era así y se mostraba mucho más dependiente del pato). Con Minnie comparte la mística de la feminidad, pero no era plan de hacer una clon de Minnie, había que diferenciarla en algo. Y comoquiera que todo lo "femenino" ya estaba pillado, había que meterle algo "masculino" aunque fuese a regañadientes, resaltemos las comillas. Así que, siempre sin perder ninguna cualidad "femenina", Daisy puede ser fuerte y hasta llegar a tener una vis cómica por su ímpetu cuando pierde los nervios con Donald o cuando saca la maza Molly para arreglar el giraestilos (la maza Molly, que es como ella: lila floral... y burraca). Se busca un contrapunto de bruteza entre tanta fineza cuya gracia está en resaltar ese "a pesar de lo cursi que parecía". Es lo mismo que le pasa a la Leela de Futurama, la Fiona de Shrek o la Eli de Pocoyo. Pero a Daisy la hacen capaz de perder una carrera, junto a Minnie, por parar el coche para comprar zapatos en Fluchys. O la rompen del todo cuando adopta el papel de mujer ofendida porque su hombre, su pato, no le ha preparado ningún regalo por el mismo san Valentín por el que ella no le ha regalado nada.

En realidad, los personajes femeninos más interesantes son sin duda los secundarios: Clarabel la vaca y la canaria Cuquiloqui. Ambas van a su bola y no necesitan ser el complemento de nadie. Ambas adoptan roles tradicionalmente femeninos y tradicionalmente masculinos. Clarabel es bonachona, alta y algo torpe, y eso recuerda a Goofy, con quien tiene un rollito especial, pero sin embargo tiene una personalidad propia y puede ser directamente graciosa independiente del perro y a pesar de ser mujer, algo normalmente vetado. Como pasa con Cuquiloqui, cuya vis cómica parte además de la mordacidad y la ironía inteligente, no del golpe fácil.

En cuanto a los chicos, Donald y Goofy se llevan los principales papeles cómicos, como reza el canon, papeles masculinos: uno lo hace a través de lo gruñonería, el otro de la torpeza. Mickey representa el hombre neutro. Y es un líder afable, pero líder, y un amado líder. Él es quien organiza, dispone, elige y manda. Lo hace sonriendo, pero no delega nunca. Hay un capítulo titulado "Daisy espía" en el que, tras conocerse que la pata es una espía y tiene una misión, al final es él quien lleva la batuta y no para de provocar manterruptions.

Todos le rinden una especie de culto a la personalidad que ya la quisieran algunos dictadores de masas. Vive en un mundo en el que hay siluetas de él por todos lados, y si el profesor Von Pato —científico doblemente tópico: hombre y con acento alemán— construye un autobús-submarino, le pone el emblema de Mickey y automáticamente le nombra el capitán. Como capitán es de la nave espacial, o del barco pirata que acaba de recibir Goofy de su abuelo. Y todos le cantan al son de "capitán Mickey". Porque sí. Por defecto. Porque de él es la serie, faltaría más.

Preocupa mucho el jugueterío y la bestial mercadotecnia universal en torno a Minnie vs Mickey, que incita a familiares de todo el mundo a comprar regalos de uno u otro personaje en función de si el regalado es niño o niña, binarismo a saco. Es raro encontrarlos a los dos a la vez. A las niñas no se les prohíbe tener predilección a priori por Mickey, pero poco a poco se les orienta a sentirse identificadas con Minnie. Los niños sí tienen problemas inmediatos si declaran preferencia por Minnie, pero aun siendo obligados a preferir a Mickey, se les deja en paz cuando llegan a la adolescencia (momento en el que, eso sí, Mickey es sustituido por referentes más brutos). Ahora bien, a las niñas adolescentes se les sigue mostrando a Minnie como un referente de la feminidad, y de los juguetes pasan a la ropa y a los complementos en una espiral de infantilización que continúa en muchos casos en edad adulta.

Podemos en cualquier caso resaltar algunas cosas buenas de las series. Ante todo, el espíritu de equipo, superación, buen rollo y lealtad a la hora de resolver problemas, que si son de uno, son de todos y todas. O el aprendizaje de palabras y objetos con Doodles, ese artilugio al que de repente le salieron ojos y que siempre tiene lo que te hace falta. En la casa de Mickey Mouse tienen cierto peso las matemáticas  y la geometría más básicas. En los superpilotos se aprende cierta geografía e historia, pues cada carrera es en algún lugar del mundo (aunque mejor pasar por alto el batiburrillo de estereotipos remezclados del capítulo de Madrid). También valoro mucho cierta estética en las maquinarias que podríamos bautizar como steampunk coloreado. Y por supuesto, las canciones son geniales.

No olvidemos que tanto en la Boutique de Minnie como en Las Ayudantes felices se supera con nota el Test de Bechdel, corolario positivo que ocurre en los dibujos animados orientados a niñas. En cuanto están destinados a niños o a niños y a niñas, supuestamente lo segundo, lo triste es que estas apenas tienen relevancia en las historias y ni se hablan entre sí o con otras chicas, que ni suelen aparecer (ojo, eso mismo pasa en La Casa de Mickey Mouse o en Mickey y los superpilotos, pero aun así, menos que en cualquier película comercial).

Pues hasta aquí. Para la próxima, Peppa Pig...