De María Zambrano

Antes de la ocultación
     Comencé a cantar entre dientes por obedecer en la oscuridad absoluta que no había hasta entonces conocido, la vieja canción del agua todavía no nacida, confundida con el gemido de la que nace; el gemido de la madre que da a luz una y otra vez para acabar de nacer ella misma, entremezclado con el vagido de lo que nace, la vida parturiente. Me sentí acunada por este lloro que era también canto tan de lejos y en mí, porque nunca nada era mío del todo. ¿No tendría yo dueño tampoco?
     La música no tiene dueño, pues los que van a ella no la poseen nunca. Han sido por ella primero poseídos, después iniciados. Yo no sabía que una persona pudiera ser así, al modo de la música, que posee porque penetra mientras se desprende de su fuente, también en una herida. Se abre la música sólo en algunos lugares inesperadamente, cuando errante el alma sola, se siente desfallecer sin dueño. En esta soledad nadie aparece, nadie aparecía cuando me asenté en mi soledad última; el amado sin nombre siquiera. Alguien me había enamorado allá en la noche, en una noche sola, en una única noche hasta el alba. Nunca más apareció. Ya nadie más pudo encontrarme.



Zambrano, M.: Diotima de Mantinea en 
Hacia un saber sobre el alma, Madrid, 

Ed. Alianza, 1989, p. 196





De María Zambrano

Antes de la ocultación
     Comencé a cantar entre dientes por obedecer en la oscuridad absoluta que no había hasta entonces conocido, la vieja canción del agua todavía no nacida, confundida con el gemido de la que nace; el gemido de la madre que da a luz una y otra vez para acabar de nacer ella misma, entremezclado con el vagido de lo que nace, la vida parturiente. Me sentí acunada por este lloro que era también canto tan de lejos y en mí, porque nunca nada era mío del todo. ¿No tendría yo dueño tampoco?
     La música no tiene dueño, pues los que van a ella no la poseen nunca. Han sido por ella primero poseídos, después iniciados. Yo no sabía que una persona pudiera ser así, al modo de la música, que posee porque penetra mientras se desprende de su fuente, también en una herida. Se abre la música sólo en algunos lugares inesperadamente, cuando errante el alma sola, se siente desfallecer sin dueño. En esta soledad nadie aparece, nadie aparecía cuando me asenté en mi soledad última; el amado sin nombre siquiera. Alguien me había enamorado allá en la noche, en una noche sola, en una única noche hasta el alba. Nunca más apareció. Ya nadie más pudo encontrarme.



Zambrano, M.: Diotima de Mantinea en 
Hacia un saber sobre el alma, Madrid, 

Ed. Alianza, 1989, p. 196





Murakami: Novelas con música


"Vuelvo a mi habitación, caliento agua en la tetera eléctrica, me preparo un té, me lo tomo. Luego voy poniendo en el plato del tocadiscos, uno tras otro, los discos que me traje del trastero. Blonde on Blonde, de Bob Dylan; White Album, de los Beatles; Dock of the Bay, de Otis Redding; Getz/Gilberto, de Stan Getz. Todos, música que triunfó a finales de los 60. El chico que estaba en esta habitación -junto al cual, con toda seguridad, debía de encontrarse la señora Saeki- ponía estos discos en el plato, igual que estoy haciendo yo ahora, bajaba la aguja y escuchaba la música que salía por los altavoces. Esta música traslada la habitación entera, incluyéndome a mí, a un tiempo extraño. A un mundo de cuando yo aún no había nacido. Escuchando esta música, intento reproducir en mi mente, con la mayor exactitud posible, la conversación que he tenido esta tarde con la señora Saeki en el primer piso.
    "Pero, a los quince años, yo estaba segura de que en este mundo existía un lugar así. De que la entrada a un mundo distinto estaba escondida en alguna parte y de que yo podía encontrarla." "
[...]


de Kafka en la Orilla, Haruki Murakami.

Playlist de Masumaro Fujiki sobre los temas musicales que Murakami nos invita a escuchar mientras leemos sus novelas:




Murakami: Novelas con música


"Vuelvo a mi habitación, caliento agua en la tetera eléctrica, me preparo un té, me lo tomo. Luego voy poniendo en el plato del tocadiscos, uno tras otro, los discos que me traje del trastero. Blonde on Blonde, de Bob Dylan; White Album, de los Beatles; Dock of the Bay, de Otis Redding; Getz/Gilberto, de Stan Getz. Todos, música que triunfó a finales de los 60. El chico que estaba en esta habitación -junto al cual, con toda seguridad, debía de encontrarse la señora Saeki- ponía estos discos en el plato, igual que estoy haciendo yo ahora, bajaba la aguja y escuchaba la música que salía por los altavoces. Esta música traslada la habitación entera, incluyéndome a mí, a un tiempo extraño. A un mundo de cuando yo aún no había nacido. Escuchando esta música, intento reproducir en mi mente, con la mayor exactitud posible, la conversación que he tenido esta tarde con la señora Saeki en el primer piso.
   
 "Pero, a los quince años, yo estaba segura de que en este mundo existía un lugar así. De que la entrada a un mundo distinto estaba escondida en alguna parte y de que yo podía encontrarla." "
[...]
de Kafka en la Orilla, Haruki Murakami.



Playlist de Masumaro Fujiki sobre los temas musicales que Murakami nos invita a escuchar mientras leemos sus novelas:




De Melania G. Mazzucco

"Le dice a Fabio Zandonà que Lorenzo ofreció su música al viento en Bala Bayak. Componía canciones en Afganistán, y por la noche, en el comedor, después de cenar, tocaba. Estaba aprendiendo a tocar el rubab, pero era mejor tocando la guitarra. Lo escuchaba todo el mundo, incluido el comandante. Lorenzo nos había pedido que escribiéramos las letras, porque él sabía escribir las notas, pero el uniforme le había arrebatado la inspiración. Ninguno de nosotros fue capaz de soltar siquiera una frase decente, sólo banalidades, y entonces el intérprete le recitó unos versos de un poeta místico, y Lorenzo se quedó deslumbrado. Una canción decía: El ramo de flores un día dará frutos, el halcón un día deseará ir de caza, pero nosotros hemos aparecido como las nubes y desaparecido como el viento. Tienes que intentar imaginarte estos versos y una voz joven, y el sonido de una guitarra acústica en el crepúsculo del desierto. Me gustaría haber grabado esa canción, para volver a escucharla. Pero a lo mejor ya habéis encontrado sus canciones. Tenéis que haberlas encontrado, en su equipaje... No puede haberlas improvisado así como así, seguro que ha dejado algo. [...]".


Limbo, Melania G. Mazzucco.