De Cristina Morales

     "La clase ya se había detenido por completo y la mayoría de los alumnos estaba en torno nuestro escuchando. Otros, los menos, se habían asomado al corro, no les había interesado lo que pasaba y habían seguido a lo suyo, contándose la vida o agarrando el móvil. El que, bajo mi punto de vista, es el mejor bailarín de la clase, el callado y espigado Bruno, había seguido bailando. Siempre baila como siguiendo una misma música que solo él oye, que, mande Lluís el ejercicio que mande y ponga la música que ponga, él acaba siempre destinando sus movimientos hacia esa exclusiva danza suya de giros sobre un pie y sobre el otro, con la cadencia de un tentetieso y los brazos en suave cruz, no tensados, sino unos brazos como alas que le ayudan no a impulsar sino a suavizar su giro, a evitar el mareo. Mientras baila se toca la cara en un gesto de indagación de sí mismo, un gesto, a veces, de profunda concentración que sin embargo no detiene su danza; o un gesto que consiste en sonreír para sí, a veces estirando el cuello hacia arriba y moviendo los labios sin decir nada o diciendo algo inaudible, y otras veces, probablemente porque ha llegado a matearse, frenándose poco a poco y dejando caer el tronco hacia delante con las piernas completamente estiradas o descendiendo hasta quedar casi perfectamente abierto de piernas. Profundos estiramientos que forman parte de su baile y en los que se detiene un tiempo indeterminado en función del gusto que le proporcionan para después emerger nuevamente a la verticalidad, a la indagación y a los giros. Por eso es Bruno el mejor bailarín de la clase: porque solo baila por placer, y el placer continuado, visto desde fuera, es estremecedor y obnubila."

"Lectura fácil", Cristina Morales.




De Andrés Neuman

"Vuelve a casa evitando las líneas rectas, procurando que sus pensamientos y sus pies trabajen al unísono.
    La ciudad ha recobrado una apariencia de orden: vuelve a ser posible caminar con el espejismo de que el mundo es un lugar seguro. La tarde va quemando los reflejos.
     Al atravesar una de las hormigueantes peatonales de Sanchome, se topa con un cuarteto de cuerdas. Dos muchachos y dos muchachas con aspecto de estudiantes, concentrados en tocar con la mayor delicadeza. Como si toda Tokio estuviese escuchándolos. O acaso, se corrige Watanabe, con la libertad de saber que nadie los escucha. Ralentiza el paso sin darse cuenta, hasta rozar la quietud.
     De golpe, al fondo de la peatonal, irrumpe una ambulancia. La sirena rebota de un lado a otro como una bola de pinball. Se abre un surco en el gentío. El joven cuarteto se afana en seguir tocando, a pesar del ruido que empieza a devorar las cuerdas. Esas cuerdas frotadas cada vez con más convicción, cada vez más fuerte, cada vez más en vano.
     La sirena pasa junto a la música y la eclipsa. Los brazos de los músicos trazan perpendiculares inaudibles, sus dedos trepan por los mástiles igual que marineros en la tempestad.
     La ambulancia se aleja. Poco a poco, la partitura emerge.  Las olas del gentío vuelven a reunirse.
     El señor Watanabe no reanuda la marcha. Se queda ahí, con una pierna alzada en forma de corchea, escuchándolos tocar.
     Cuando concluye el movimiento de la pieza y también el del pie, él ya ha confirmado una decisión que, en algún sentido, ha estado posponiendo toda su vida."

Fractura, Andrés Neuman.








"Aunque tú no lo sepas": Un poema y una canción

Félix de Azúa comienza a describir lo que es poesía* diciendo que sobre esta, cuanto menos se diga, mejor. Pero tras un punto y aparte añade: 

"La poesía es la verdad del arte." 
[...]

***

   "Aunque tú no lo sepas" es una canción que escribió Quique González  para Enrique Urquijo después de leer un poema de Luis García Montero de "Habitaciones separadas". Tres nombres importantes en apenas dos renglones. Pero a veces sucede que se unen los astros y un poema da lugar a una canción. Cuenta Quique que le dio dos canciones a Enrique para cantar y que se quedó con esta, nunca llegó a escuchar la segunda.

Enrique Urquijo y Los Problemas:





Poema "Aunque tú no lo sepas" de Luis García Montero:

Como la luz de un sueño, 
que no raya en el mundo pero existe, 
así he vivido yo 
iluminado 
esa parte de ti que no conoces, 
la vida que has llevado junto a mis pensamientos... 

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto 
cruzar la puerta sin decir que no, 
pedirme un cenicero, curiosear los libros, 
responder al deseo de mis labios 
con tus labios de whisky, 
seguir mis pasos hasta el dormitorio. 

También hemos hablado 
en la cama, sin prisa, muchas tardes 
esta cama de amor que no conoces, 
la misma que se queda 
fría cuanto te marchas. 

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo, 
hicimos mil proyectos, paseamos 
por todas las ciudades que te gustan, 
recordamos canciones, elegimos renuncias, 
aprendiendo los dos a convivir 
entre la realidad y el pensamiento.


Por Quique González:




En el siguiente vídeo canta la canción Clara Lago como parte de lBSO de "Tengo ganas de ti":




***

   El próximo jueves 25 de enero nos visita en el centro Luis García Montero. En la biblioteca tenemos varios libros suyos, así que anímate a conocerlo.




De María Zambrano

Antes de la ocultación
     Comencé a cantar entre dientes por obedecer en la oscuridad absoluta que no había hasta entonces conocido, la vieja canción del agua todavía no nacida, confundida con el gemido de la que nace; el gemido de la madre que da a luz una y otra vez para acabar de nacer ella misma, entremezclado con el vagido de lo que nace, la vida parturiente. Me sentí acunada por este lloro que era también canto tan de lejos y en mí, porque nunca nada era mío del todo. ¿No tendría yo dueño tampoco?
     La música no tiene dueño, pues los que van a ella no la poseen nunca. Han sido por ella primero poseídos, después iniciados. Yo no sabía que una persona pudiera ser así, al modo de la música, que posee porque penetra mientras se desprende de su fuente, también en una herida. Se abre la música sólo en algunos lugares inesperadamente, cuando errante el alma sola, se siente desfallecer sin dueño. En esta soledad nadie aparece, nadie aparecía cuando me asenté en mi soledad última; el amado sin nombre siquiera. Alguien me había enamorado allá en la noche, en una noche sola, en una única noche hasta el alba. Nunca más apareció. Ya nadie más pudo encontrarme.



Zambrano, M.: Diotima de Mantinea en 
Hacia un saber sobre el alma, Madrid, 

Ed. Alianza, 1989, p. 196





De María Zambrano

Antes de la ocultación
     Comencé a cantar entre dientes por obedecer en la oscuridad absoluta que no había hasta entonces conocido, la vieja canción del agua todavía no nacida, confundida con el gemido de la que nace; el gemido de la madre que da a luz una y otra vez para acabar de nacer ella misma, entremezclado con el vagido de lo que nace, la vida parturiente. Me sentí acunada por este lloro que era también canto tan de lejos y en mí, porque nunca nada era mío del todo. ¿No tendría yo dueño tampoco?
     La música no tiene dueño, pues los que van a ella no la poseen nunca. Han sido por ella primero poseídos, después iniciados. Yo no sabía que una persona pudiera ser así, al modo de la música, que posee porque penetra mientras se desprende de su fuente, también en una herida. Se abre la música sólo en algunos lugares inesperadamente, cuando errante el alma sola, se siente desfallecer sin dueño. En esta soledad nadie aparece, nadie aparecía cuando me asenté en mi soledad última; el amado sin nombre siquiera. Alguien me había enamorado allá en la noche, en una noche sola, en una única noche hasta el alba. Nunca más apareció. Ya nadie más pudo encontrarme.



Zambrano, M.: Diotima de Mantinea en 
Hacia un saber sobre el alma, Madrid, 

Ed. Alianza, 1989, p. 196