De Ana María Matute

 MÚSICA 

" Las dos hijas del Gran Compositor -seis y siete años- estaban acostumbradas al silencio. En la casa no debía oírse ni un ruido, porque papá trabajaba. Andaban de puntillas, en zapatillas, y sólo a ráfagas, el silencio se rompía con las notas del piano de papá.

Y otra vez silencio.

Un día, la puerta del estudio quedó mal cerrada, y la más pequeña de las niñas se acercó sigilosamente a la rendija; pudo ver cómo papá, a ratos, se inclinaba sobre un papel, y anotaba algo.

La niña más pequeña corrió entonces en busca de su hermana mayor. Y gritó, gritó por primera vez en tanto silencio:

-¡La música de papá, no te la creas…! ¡Se la inventa!"

Ana María Matute



 

De Penelope Fitzgerald

"-Creo que te gustarían los cafés de Viena, y también los conciertos. Me gustaría presentarte a mi madre y a mis tías abuelas. En invierno siempre sacan abonos para todos los conciertos que hay en la Musikverein. Ahí tocan todo lo que te puedas imaginar. ¿Te gusta la música?

-Claro -dijo Martha con impaciencia-.¿Qué música les gusta a tus tías abuelas?

-Mahler, Bruckner...

-Odio esas cosas. No me gusta que me hagan sentir cosas todo el tiempo."

                                                                                                A la deriva, Penelope Fitzgerald


De Mia Couto


"Séptima carta del sargento Nkokolani, 25 de mayo de 1895,

            Excelentísimo señor consejero José d`Almeida:

            Hace unos días oí la orquesta de las marimbas de la que el padre de Imani es un experto director, incluso cuando está borracho como una cuba. En esta ocasión, yo mismo fui acometido por una sensación de embriaguez mientras me deleitaba con la armonía de los timbilas de los negros.

            Lo entendí. La música es un barco y en ella se consolida un viaje pendiente. Pregunté si podía tocar un instrumento. E intenté reproducir las melodías con las que mi madre me dormía. No salió bien. Pero entendí que mis melodías y las de los africanos tenían algo en común: ambas traían orden a un mundo caótico y temible."

Trilogía de Mozambique, Mia Couto


De Fleur Daugey y Sandrine Thommen

La queja de los instrumentos

     Los instrumentos musicales también pueden sentirse abandonados. Es el caso de Biwa-bokuboku, un laúd de madera que se convierte en la cabeza de un yokai y lleva un kimono. Como se siente maltratado, por la noche se pone a tocar y a cantar quejándose de su dueño.
     A veces, se pone a saltar por toda la casa como un loco haciendo un ruido infernal. La cítara japonesa, el koto, también se convierte en un yokai musical.  La cabeza de Koto- furunushi tiene un aire terrorífico, y las cuerdas se mueven hacia todos lados sin parar. 


en "Yokai. El extraño mundo de los monstruos japoneses"