De Audur Ava Ólafsdóttir

     "Al salir, cuando Bingo se dispone a abrir de nuevo la puerta corredera, me fijo en un tocadiscos escondido bajo una mesa, junto a la entrada. A primera vista, parece encontrarse en buen estado. Abro la cubierta protectora y observo el cabezal. A pesar de cinco años de guerra, ataques aéreos, asfalto fundido y carne hecha pedazos, la aguja se observa de una pieza. Busco a mi alrededor y no muy lejos hallo una caja que contiene una voluminosa colección de vinilos. Echo un vistazo rápido a los discos y encuentro, entre todo un abanico de géneros, algunas rarezas de María Callas y Jussi Björling. También está la Danza macabra de Franz Liszt, la Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rajmáninov y una recopilación de Bowie que incluye Liza Jane, Can't Help Thinking About Me y Never Let Me Down. Saco un disco de la funda y compruebo que no está rayado.
     Le doy a entender a mi acompañante que me quiero llevar el tocadiscos al hotel y que va a tener que cargar con la colección de vinilos."


                                                                                        Hotel Silencio, Audur Ava Ólafsdóttir







De Audur Ava Ólafsdóttir

     "Al salir, cuando Bingo se dispone a abrir de nuevo la puerta corredera, me fijo en un tocadiscos escondido bajo una mesa, junto a la entrada. A primera vista, parece encontrarse en buen estado. Abro la cubierta protectora y observo el cabezal. A pesar de cinco años de guerra, ataques aéreos, asfalto fundido y carne hecha pedazos, la aguja se observa de una pieza. Busco a mi alrededor y no muy lejos hallo una caja que contiene una voluminosa colección de vinilos. Echo un vistazo rápido a los discos y encuentro, entre todo un abanico de géneros, algunas rarezas de María Callas y Jussi Björling. También está la Danza macabra de Franz Liszt, la Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rajmáninov y una recopilación de Bowie que incluye Liza Jane, Can't Help Thinking About Me y Never Let Me Down. Saco un disco de la funda y compruebo que no está rayado.
     Le doy a entender a mi acompañante que me quiero llevar el tocadiscos al hotel y que va a tener que cargar con la colección de vinilos."


                                                                                        Hotel Silencio, Audur Ava Ólafsdóttir







De Nazîm Hikmet

"Los cantos de los hombres son más bellos que los hombres,
                                                    más esperanzados
                                                    más tristes 
                                                    y con más vida.
Más que a los hombres he amado sus cantos.
He podido vivir sin los hombres                          
                     pero nunca sin sus cantos.
Nunca me engañaron sus cantos.


Cualquiera que fuera su lengua, siempre los he comprendido.


En este mundo, ni la comida, ni la bebida,
                                               ni los paseos
                                               ni las cosas que he visto, oído,
                                               palpado, comprendido,
                                                                         nada, nada
                     me ha hecho tan feliz como los cantos..."

                                                                                                        Nazîm Hikmet







Ombra Mai Fu, de la ópera "Jerjes" de George Friedic Händel,
interpretado por Cécilia Bartoli.

De Cristina Morales

     "La clase ya se había detenido por completo y la mayoría de los alumnos estaba en torno nuestro escuchando. Otros, los menos, se habían asomado al corro, no les había interesado lo que pasaba y habían seguido a lo suyo, contándose la vida o agarrando el móvil. El que, bajo mi punto de vista, es el mejor bailarín de la clase, el callado y espigado Bruno, había seguido bailando. Siempre baila como siguiendo una misma música que solo él oye, que, mande Lluís el ejercicio que mande y ponga la música que ponga, él acaba siempre destinando sus movimientos hacia esa exclusiva danza suya de giros sobre un pie y sobre el otro, con la cadencia de un tentetieso y los brazos en suave cruz, no tensados, sino unos brazos como alas que le ayudan no a impulsar sino a suavizar su giro, a evitar el mareo. Mientras baila se toca la cara en un gesto de indagación de sí mismo, un gesto, a veces, de profunda concentración que sin embargo no detiene su danza; o un gesto que consiste en sonreír para sí, a veces estirando el cuello hacia arriba y moviendo los labios sin decir nada o diciendo algo inaudible, y otras veces, probablemente porque ha llegado a matearse, frenándose poco a poco y dejando caer el tronco hacia delante con las piernas completamente estiradas o descendiendo hasta quedar casi perfectamente abierto de piernas. Profundos estiramientos que forman parte de su baile y en los que se detiene un tiempo indeterminado en función del gusto que le proporcionan para después emerger nuevamente a la verticalidad, a la indagación y a los giros. Por eso es Bruno el mejor bailarín de la clase: porque solo baila por placer, y el placer continuado, visto desde fuera, es estremecedor y obnubila."

"Lectura fácil", Cristina Morales.




De Andrés Neuman

"Vuelve a casa evitando las líneas rectas, procurando que sus pensamientos y sus pies trabajen al unísono.
    La ciudad ha recobrado una apariencia de orden: vuelve a ser posible caminar con el espejismo de que el mundo es un lugar seguro. La tarde va quemando los reflejos.
     Al atravesar una de las hormigueantes peatonales de Sanchome, se topa con un cuarteto de cuerdas. Dos muchachos y dos muchachas con aspecto de estudiantes, concentrados en tocar con la mayor delicadeza. Como si toda Tokio estuviese escuchándolos. O acaso, se corrige Watanabe, con la libertad de saber que nadie los escucha. Ralentiza el paso sin darse cuenta, hasta rozar la quietud.
     De golpe, al fondo de la peatonal, irrumpe una ambulancia. La sirena rebota de un lado a otro como una bola de pinball. Se abre un surco en el gentío. El joven cuarteto se afana en seguir tocando, a pesar del ruido que empieza a devorar las cuerdas. Esas cuerdas frotadas cada vez con más convicción, cada vez más fuerte, cada vez más en vano.
     La sirena pasa junto a la música y la eclipsa. Los brazos de los músicos trazan perpendiculares inaudibles, sus dedos trepan por los mástiles igual que marineros en la tempestad.
     La ambulancia se aleja. Poco a poco, la partitura emerge.  Las olas del gentío vuelven a reunirse.
     El señor Watanabe no reanuda la marcha. Se queda ahí, con una pierna alzada en forma de corchea, escuchándolos tocar.
     Cuando concluye el movimiento de la pieza y también el del pie, él ya ha confirmado una decisión que, en algún sentido, ha estado posponiendo toda su vida."

Fractura, Andrés Neuman.