Con sabor a Buenos Aires

Cuando se recoge folklore podemos encontrar cosas realmente curiosas: romances antiquísimos de otras tierras o melodías que recuerdan otras latitudes. La recopilada por un alumno de 1º de ESO es, en realidad, un señor tango. Narra una historia trágica y truculenta como, por otra parte, suele ocurrir en las temática de esta música porteña.

Que hablen de mi

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En la canción popular recogida en este artículo por un alumno de 1º de ESO, la protagonista es una panadera que no sale muy bien parada en la descripción que de ella se hace. En el folklore, estas cosas pasan. Ya lo decía irónicamente el pintor Salvador Dalí: “Que hablen de mi, aunque sea bien”.

El Río Nalón tiene una canción

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Y  su música suena como la del Himno de Asturias. Con esta grabación de campo, los alumnos de 1º de ESO retoman y renuevan el legado de sus compañeros del curso 2007 /08 para incorporar en sus recogidas de material folklórico, además, poesías, adivinanzas y trabalenguas.

La Leyenda del Pianista en el Océano

Maravillosa película en la que, de diferente manera, participan tres de los mejores exponentes de la cultura italiana actual: el monólogo teatral Novecento (1994) de Alessandro Baricco (Seda, City)  ha servido a Giuseppe Tornatore (el director de Cinema Paradiso, filme con el que ganó el Óscar y el Globo de Oro en 1989) para escribir el guión de la película, que él mismo dirigió. Dulcis in fundo, la música de Ennio Morricone, Óscar a la carrera en 2007, tras cinco nominaciones no premiadas. Morricone, que a sus ochenta años sigue en activo, es mundialmente famoso por algunas de sus más de 500 bandas sonoras, especialmente por las que le lanzaron a la fama: los spaghetti-western de Sergio Leone, con Clint Eastwood, rodadas en Almería. Pero no nos olvidemos de otras obras maestras de este compositor, como por ejemplo  Érase una vez en América, La Misión, Los intocables de Eliot Ness o Malena (estas últimas tres, nominadas para el Óscar).

Novecento, el protagonista de la película, nace y es abandonado en el transatlántico Virginian en la nochevieja entre los siglos XIX y XX. Adoptado por un maquinista y, a la muerte de éste, por el resto del personal del barco, demuestra desde muy pequeño una increíble e inexplicable habilidad como pianista. Al crecer, se une al resto de los músicos para tocar en la sala de fiestas y, siempre que puede, en tercera clase, donde tiene más libertad musical.

Estrecha una gran amistad con Max Tooney, trompetista, que, sin más ayuda que su instrumento, convence al capataz del barco para que le contrate (¡Cuando no sabes lo que es, entonces es Jazz!).

Novecento no desembarca nunca del Virginian, ni cuando llega a América, ni de vuelta a Europa. Sin embargo, su fama crece en todo el mundo, hasta el punto de que el gran Ferdinand Jelly Roll Morton, el “inventor del jazz”, se embarca para desafiarle a un duelo pianístico que Novecento, personaje tierno y cándido, no logra entender, aunque termina ganando.

Max intente convencerle de que baje, que la fama alcanzada en tierra firme le permitirá tener una vida estupenda. Sin embargo sólo consigue convencerle para grabar un disco, en el que toca inspirado por una muchacha que ve a través de una escotilla.

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Años después, Max tendrá una tarea bastante más difícil: retrasar la explosión que demolerá el Virginian, encontrar a Novecento y convencerle de que baje del barco.

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¡Asustante!

A la Ministra de Entretenimiento le da miedo que los libros circulen por la Red.

A mi, lo que me parece realmente asustante es tener una Ministra que tiene intereses económicos, personales y familiares, relacionados con su Ministerio, que explican el hecho de que  esté más preocupada por la explotación económica  que por el fomento de la cultura, y que entran en evidente conflicto con su cargo.

Mientras, con este panorama, corremos el riesgo de perder una ocasión de mejorar realmente la educación. La industria editorial nos llama intrusos a los profesores/as que creamos y compartimos nuestros propios recursos y contenidos digitales, además de a las Administraciones Públicas que fomentan esa creación y compartición. Y simultáneamente proponen unos “contenidos digitales” que poco se alejan de una simple digitalización del libro de texto, sin el cambio metodológico que justifique y aproveche el empleo de la tecnología en la educación.

Hay demasiadas bocas babeando alrededor del pastel que está a punto de repartirse y que nos va a salir bastante más caro de lo necesario si el Gobierno sucumbe a las presiones de Microsoft y de las editoriales.

Sí a los portátiles, pero sólo con software libre y gratuito. Sí al conocimiento libre y compartido.

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