TEMPO GIUSTO




(Fotografía de Ab música y más)

De vuelta al piano, y a tiempo para el vals de Agosto, enlazo aquí esta  grabación que he encontrado en la que un genio interpreta a otro, agradeciendo a los amantes de la música que publiquen estas joyas.

Vals Op. 64 nº2 de F. Chopin interpretado por el pianista y compositor ruso  Sergei Rachmaninoff. 

 

(Ved  la PARTITURA  con la correspondiente dedicatoria.)

Una vez comprobado de nuevo de qué manera el romanticismo de Chopin invita a la ensoñación, vamos a ver que también lo hacen - y mucho -  el verano y la obra Rachmaninoffsi no, que se lo digan a Tom Ewell....



Siempre es tempo giusto para revisar "la tentación" de Billy Wilder, y siempre lo es para escuchar el primer movimiento del famosísimo  Concierto para piano y orquesta nº2 Op.18 en Do menor que el propio Rachmaninov estrenó en 1901. Aquí lo interpreta su autor.

Calle José Iturbi, s/n

José IturbiTengo que confesar que hasta hace unos meses no sabía quién era José Iturbi, a pesar de que ya había estado varias veces en una calle marbellí que está dedicada a él. En realidad tampoco sabía que la calle tenía ese nombre: para llegar al CEP Marbella-Coín, allí ubicado, me bastaba con las indicaciones del camino a seguir, sin necesidad de conocer la dirección.

Fue cuando empecé a trabajar en ese mismo CEP, hace poco más de cinco meses, y añadí la dirección postal a mi firma automática en el correo electrónico, cuando me surgió la curiosidad de saber quién era este señor de apellido vasco al que estaba dedicada nuestra calle. Fue una gran y agradable sorpresa descubrir que había sido un músico. Por otro lado, también me sentí un poco incómodo por no conocerlo, ya que tuvo una carrera espectacular, llegando a ser uno de los pianistas y directores más famosos de su época. Como disculpa parcial por mi ignorancia, sólo puedo alegar que hasta unos años después de su muerte -ocurrida hace exactamente 32 años, a la edad de 85- yo todavía vivía en Italia, donde su popularidad no era la misma que en España, ya que nació en Valencia, o que en Estados Unidos, donde su éxito tomó proporciones de auténtico triunfo.

En el amplio repertorio de Iturbi destacaba lo que le permitía demostrar su gran virtuosismo: los principales conciertos para piano y orquesta clásicos y románticos, que solía dirigir él mismo a la vez que tocaba la parte del solista (más adelante veremos un ejemplo) y, naturalmente, Liszt (1 y 2) y Chopin.

Obviamente, otro caballo de batalla de Iturbi era la música española, por ejemplo Falla y Albéniz:

La popularidad del músico valenciano llegó a su máxima cota en los años cuarenta, cuando participó como actor en siete películas musicales en las que se interpretaba a sí mismo. Por su contribución a la industria del entretenimiento audiovisual, tiene una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood.

En un fragmento de una de estas películas, Music for Millions, traducida al español como Al compás del corazón, es donde podemos verle en el doble rol de solista-director.

La experiencia cinematográfica de Iturbi terminó en esa década en la que había empezado, pero su incansable actividad concertística prosiguió hasta pocos meses antes de ese fatídico 28 de junio de 1980.

Hoy, además de esa efeméride, es una de mis últimas visitas diarias a la calle Iturbi, pues la plaza que conseguí en el CEP en la convocatoria del otoño pasado sólo era para este año y la siguiente, que a estas alturas debería ya estar resuelta, todavía no ha salido (lo cual, en este período de recortes salvajes en todos los servicios públicos, no es buen presagio). Eso sí, seguramente volveré de vez en cuando a mi CEP para aprovechar su oferta formativa y colaborar en lo que pueda.

A pesar de su brevedad, me voy contento por haber tenido la oportunidad de realizar esta experiencia tan enriquecedora, personal y profesionalmente, aunque ya presiento una gran nostalgia de mis compañeros y compañeras, que tan bien me han acogido y acompañado en este período. Para combatirla, cierro mis ojos y con mi imaginación me levanto de mi silla y recorro todo el CEP, despacho por despacho, mesa por mesa, hasta la puerta de salida para agradecerles a todos ellos y ellas, además del cariño que me han demostrado constantemente en estos últimos meses y que sean las personas tan estupendas que son:

  • a José Carlos y José Antonio, mis compañeros de “cueva” (que es como llamamos cariñosamente a nuestro despacho, por ser el lugar más recóndito del CEP), por su constante disponibilidad para solucionar instantáneamente todas mis dudas de novato, y siempre con una gran sonrisa;
  • a Yolanda, porque su dedicación me permitió disfrutar plenamente de una licencia durante la cual pude despreocuparme del todo de un curso importante del que era el asesor responsable y en cuyo estreno no pude estar presente;
  • a Elías, por su buen humor y la alegría que transmite cuando arranca a cantar (da igual ópera que flamenco), haciendo más llevaderos los momentos más estresantes;
  • a Ángel, por ser tan buen compañero y compartir sus conocimientos, tanto los propios de la asesoría como los gastronómicos y enológicos;
  • a Nono, Javier y Benjamín, por haberme apadrinado en mi primera tarea importante en el CEP, la participación en la organización del II Encuentro Provincial de Blogs Educativos. ¡Qué lujo trabajar con un equipo así!
  • de nuevo a Benjamín y Javier, por tantas cosas más que, de escribirlas aquí, el servidor se quedaría sin espacio en disco;
  • a Carmen, por confortarme con tanto cariño y calor humano en un momento muy delicado, justo después de mi primer paso hacia la asesoría;
  • a Rosa, por haberme acompañado en mi primera visita a un centro educativo. A su lado, el pellizco en el estómago era más soportable;
  • a Flores, María José, Isabel, Paz y Pepa, porque aunque haya visitado demasiado poco su despacho (ahora que es tarde es cuando me doy cuenta, y lo lamento) siempre que he podido las he estado observando en su quehacer profesional para aprender de su ejemplo;
  • a Nico, por su cercanía, su empatía y su paciencia para explicarme procedimientos y enmendar mis errores;
  • a Manolo, por su fuerte liderazgo y su gran capacidad de compartirlo, por tener unas líneas pedagógicas muy claras y saber transmitirlas, por la confianza y la autonomía que me ha dado desde el primer día. En pocas palabras: por encarnar el tipo de director que me gustaría tener hasta el día en que me jubile;
  • a María del Mar, María Dolores, Isabel y Ángeles, por la gran disponibilidad demostrada todas las veces que las he necesitado, además de por su simpatía y alegría y las sonrisas que me han regalado todos los días al comienzo y al final de mi jornada laboral.

Ha terminado mi paseo imaginario: ya estoy fuera del CEP, en medio de la calle José Iturbi.

La entrada Calle José Iturbi, s/n ha sido publicada primero en educacionmusical.es.

TAMBORES LEJANOS…


Eran las 8,20 del pasado 9 de mayo cuando el pandero y la darbuka se encontraban en el vestíbulo para recibirnos. Omar, Saad y Mohamed  se encargaban de inaugurar una jornada diferente - la celebración del Portfolio Europeo de las Lenguas -   regalándonos todo un espectáculo de percusión y transportándonos, por unos instantes, a su fascinante y exótico Marruecos.

Aunque no pudimos grabarlo in situ,  os dejo uno de los ensayos en clase; disfrutadlo.



¡Mis felicitaciones a los tres!


Como nos gusta mucho el cine, y aunque no tenga nada que ver, incluímos otros Tambores lejanos  - estos, americanos - con música de Max Steiner.

"EL CAFÉ DE LOS ESTUDIANTES" O "QUE LA SUERTE OS ACOMPAÑE"

Escuchad....¿os suena?

Mayo es un mes  muy intenso en el Instituto: se termina el curso para los estudiantes de 2º de Bachillerato y comienza la maratón  hacia la universidad. Necesitarán mucho estudio y quizás mucho café. Queremos mandarles desde aquí toda nuestra energía positiva y dedicarles este evocador vals llamado Café de los estudiantes.  La  pieza en cuestión pertenece a la inolvidable banda sonora de la  película  Doctor Zhivago (1965), compuesta por el francés Maurice Jarre. La película, dirigida por David Lean y tan premiada como su música, se basa en la novela homónima del escritor ruso Boris Pasternak, premio Nobel de Literatura. Todo un lujo, vamos.

Escuchad y observad al compositor dirigiendo su obra en 1992. Encontraréis el vals en el minuto 3.50 y podréis ver la escena correspondiente.



Y como no podía ser de otra manera, incluimos el anuncio que tan popular lo hizo entre nosotros.


El poder de la publicidad....Pues lo dicho: que la suerte os acompañe a todos.

Acerca de los géneros… y el musical, por Luis Enrique Ibáñez

Para Antonio Calvillo, inspirador soporte de motivación y de trabajo… que no se agota nunca, regalando ideas, repartiendo energía…

 

 

Acerca de los géneros… y el musical

 

Los géneros, ya sean literarios, cinematográficos, o de cualquier otro ámbito, deben su existencia, en realidad, a esa pueril obsesión del ser humano por clasificarlo todo, por crear carpetas imaginarias en las que alojar diferentes productos con supuestas características comunes, por inventar y colocar señales de tráfico con la cándida intención de poder orientarnos de forma ordenada y lógica en un mundo de natural mágico y caótico. Son consecuencia de nuestro miedo al desorden, de nuestro temor a caminar desorientados en el interior del bosque de la creatividad. Y de esa infantil función didáctica que tantas veces encoge nuestro pensamiento.

Pero, ¿existen realmente los géneros? ¿Quién se arrogó el derecho de articular las normas que definen uno u otro género? ¿Estaban ahí los géneros desde siempre, previamente, naturales, y los vimos, los descubrimos, y pasamos a definirlos?

No, rotundamente no. “Porque hay un creacionismo, un creacionismo del significante (…) Antes de poder decir noche y día, (explica Jacques Lacan), la noche y el día no existen. No hay más que variaciones de luz.”

Pues bien, antes de poder decir “novela”, “poesía”, “teatro”, “género de terror”, “western”,“suspense”, “musical”… esos compartimentos no existen, no son. Podrían ser, simplemente, variaciones sutiles de la imaginación, de la escritura, de la relación que mantenemos, o intentamos proponer, con una deseada función estética, tan deseada y salvaje que quiere, que necesita, huir de cualquier definición, que no quiere pernoctar en ninguna de esas celdas oscuras que el hombre ordenado ha construido para ella.

En la literatura clásica lo épico venía vestido con su traje de verso; ahora, al parecer, la épica pertenece al género narrativo, y el verso, pues eso, a la lírica, a la poesía. ¿Qué fue, por ejemplo, la Odisea de Homero, a qué género pertenece? ¿Es un libro poético, de realismo social, de amor, de suspense…? De él dijo Umberto Eco:

“Suficiente interés amoroso; incluso hay un toque Lolita, con la adolescente Nausicaa…Grandes momentos dramáticos, un gigante con un solo ojo, caníbales, incluso algo de drogas, pero nada ilegal, porque, que yo sepa, el loto no está en la lista de la Oficina de narcóticos. La escena final está en la mejor tradición de los westerns, con su duro blandir de puños, y el asunto del arco es un golpe maestro del suspense… Y luego el montaje, el uso de flashbacks, las historias dentro las historias…”

Algunos exponentes especialmente representativos de la literatura contemporánea rompen deliberadamente los límites legales de los géneros, traspasan furtivamente todas las fronteras teóricas para imaginar libremente el discurrir de ¿la historia? A Enrique Vila-Matas se le recrimina lo indefinido de sus libros, ¿novela, crítica literaria, ensayo? A Javier Cercas se le critica (y muy duramente por algunos) el hecho de que mezcle periodismo, historia y literatura (Anatomía de un instante, Soldados de Salamina) Sin embargo, esos críticos puntillosos olvidan algo: ¿quién puede atar en corto al Quijote, quién puede definir La Biblia? ¿A qué género pertenecen? La modernidad de la no definición, de la libertad, ya estaba ahí.

Vayamos al cine. ¿A qué género pertenece el trabajo de Chaplin? ¿Género de humor, o de realismo social, de denuncia… arte comprometido con humor? ¿Quién pone la etiqueta?

Con solo ver esto, advertimos lo imposible de la definición (escena de Tiempos modernos).

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Y vayamos, sobre todo, al cine musical. Precisamente este ¿género?, aunque no lo parezca, es el más resbaladizo, pues lo que supuestamente lo caracteriza, la presencia de canciones, de números musicales, más allá de las naturales (a veces) bandas sonoras, se constituye, se articula en forma de transversalidad. Es decir, su identidad penetra todos los otros órdenes temáticos, todos los otros géneros, y, así (puestos a seguirles el juego a los amantes de las definiciones), tenemos musicales de humor, de terror, de realismo social, de suspense, westerns, etc.

Escena del musical Oliver. Es una película británica de 1968 dirigida por Carol Reed, basada en el musical del mismo nombre de Lionel Bart, el cual a su vez se basa en la novela de Charles Dickens Oliver Twist. Fue la última película musical ganadora del Oscar a la mejor película, hasta el triunfo de Chicago 34 años después.

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En esta escena, la canción, el número musical, se inserta en el más crudo realismo social, y esa canción, Food, glorius food (Comida gloriosa) acompaña a esos pobres desdichados en su descenso hasta la última capa de los infiernos, mientras en la cima, los amos del mundo disfrutan, tiranos, de todo su poder. En ese siniestro contraste retórico del arriba y abajo queda servida, con la ayuda inestimable de la sufrida canción, toda la necesaria denuncia social, todo el compromiso ético con esos seres humanos, con esos niños eternos siempre desterrados de la la vida, una y otra vez (también hoy) expulsados del paraíso.

Y más niños en serie, piezas esclavas de una cadena enajenada. Aquí se nos muestra, en perfecto y certero ensamblaje con ese tema musical que supo anclar el absurdo de una existencia opresora, no solo el sufrimiento de unos seres concretos, sino, quizá, la alienación, en general, de una vida ordenada por los fantasmas de la agresión y del error continuado.

Pink Floyd The Wall es una película británica de 1982 dirigida por el director británico Alan Parker basada en el álbum de Pink Floyd The Wall. El guion fue escrito por el vocalista y bajista de Pink Floyd, Roger Waters. Esta película se apunta, además, a más mezcla de géneros, pues se incluyen en ella hasta 15 minutos de escenas que pertenecen a eso que llaman “cine de animación“.

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Otra contraposición luminosa no solo de clases sociales, que también, sino, quizá, de algo más trascendente: dos visiones de la vida tan diferentes, como soñadas desde el imposible. El dulce idealismo del mundo hippie nos ofrece su amable orgullo ante la vida, ante una vida que quiere ser vivida de forma diferente, y con aspiraciones de ser compartida, contagiada. Y siempre orgullosos de tener eso: vida.

I´got life… Tengo vida.

Hair (1979) es una película musical dirigida por Miloš Forman y protagonizada por John Savage, Beverly d’Angelo y Treat Williams. Basada en el musical homónimo de 1967, la película fue nominada al César a la Mejor película extranjera.

Tengo vida, tengo libertad…

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Y los sueños de todos los pobres del mundo también han viajado sobre la espalda de algún tema musical, ofrecido como bálsamo, como desahogo, y como insistente llamada de atención, como machacona denuncia, constatación necesaria de la injusticia que los hombres establecen sobre los hombres… Y ahí nos llega la tristeza, al comprobar que esa música legendaria, que esa queja universal, no ha perdido ni un gramo de su sentido… hoy, cuando los ricos son cada vez más ricos, mientras cada vez más ciudadanos son desterrados de la realidad, de la oportunidad, son despojados de la dignidad, de la vida.

¿Quién no ha pensado alguna vez lo que haría si tuviera mucho dinero? ¿Hay alguien que se haya dejado caer alguna vez en ese delirio fantasioso y, así, poder descansar, para volver después a la vida, a la lucha? ¿No hemos lanzado todos en algún momento nuestra ira hacia ese cielo que nos cubre, hacia ese cielo que observa impasible todo el sufrimiento esparcido sin orden por toda la tierra?

El violinista en el tejado es una película musical estadounidense dirigida por Norman Jewison en el año 1971. Se estrenó en su versión teatral en Broadway en el año 1964 (Fiddler on the Roof), con Zero Mostel como protagonista. Estaba basada en una novela del escritor ruso Sholom Aleichem, titulada Las hijas de Tevye. En la versión cinematográfica, el sonido del violín que toca el violinista, usado como metáfora de la vida inestable de las comunidades judías en la Rusia zarista, fue doblado por Isaac Stern. La película ganó tres premios Oscar.

“Oh, Señor, tú hiciste demasiados pobres, demasiados…

Sí, ya sé que no es una vergüenza ser pobre,

pero tampoco es un gran honor…

Si yo tuviera… una pequeña fortuna…

 

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Y la música se pasea cómoda por la tierra del western, ese género que parece olvidado, incluso despreciado, pero que retorna siempre, para salpicar nuestra recepción de infatigables lecturas, para retorcer con cariño los códigos oficiales, y multiplicar los sentidos, enriquecer la interpretación, más allá de lo aparente, allí en ese lugar donde la historia lineal es solo una amable excusa para ir a otro lugar, siempre al norte, sintiendo el placer de nuestros pasos sobre la tierra.

No echar raíces nunca, nunca… solo feliz y libre cuando se es fugaz.

La leyenda de la ciudad sin nombre es una película estadounidense de 1969, dirigida por Joshua Logan. Protagonizada por Lee Marvin, Clint Eastwood, Jean Seberg, Harve Presnell, Ray Walston y Tom Ligon en los papeles principales. El guion está adaptado por Paddy Chayefsky del musical de 1951 Paint your wagon, de los autores Alan Jay Lerner y Frederick Loewe.

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Y al escuchar el anterior tema, la poesía se siente aludida y llama a la puerta…

“Sólo soy feliz yéndome.

No entre cuatro paredes, con sus sendas espadas…”

 

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Pero, quizá, y al margen de todos los temas posibles que el cine musical puede abarcar, lo más importante, lo más pertinente, desde un punto de vista estético, sea intentar adivinar qué sutil condición debe cumplir para que la simbiosis entre acción y música, entre realidad y danza, sea posible. La solución está en la transición. En la competencia de la escena para que no percibamos cuándo acaba un concepto y cuándo empieza otro: ahí está el secreto, en el placer receptivo de no advertir el momento en el que el personaje ha dejado de hablar y ha empezado a cantar, de no notar esos segundos mágicos en los que los pasos caminantes de los actores se convierten en pasos de baile.

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Esa es la dificultad y la virtud necesaria del musical que se quiere, el deslizamiento suave del significante soportado por códigos diferentes. Ese devaneo suave al filo de la navaja, un coqueteo en la frontera que nuble y confunda la percepción estética del espectador, receptor sorprendido, cuando descubre que no ha sabido ubicar el límite entre la realidad contada y la inserción musical. Esto solo se produce cuando la canción, el baile, la música aparecen insinuados, suavemente, hasta hacerse presentes. Y no como una prótesis, incrustada de forma ortopédica, violentando, como una visita inesperada, como un extraño que no ha sido invitado, la imaginación que quería soñar… entregada.

En los musicales torpes (todos podemos recordar títulos, españoles, y de fuera) la aparición de la música se hace de forma artificial, tosca, como obligada, como si alguien dijera “y ahora, una canción… y ahora, un numerito“. Y no es eso, desde luego, no es eso.

West Side Story es una película se esfuerza por respetar lo natural, por hacer que parezca fácil lo que es sumamente difícil. Esa maravillosa traslación del mito de Romeo y Julieta se convierte en una maestra digna y generosa que nos enseña, sin aspavientos, qué es un musical.

Y, por último, la siguiente escena de esa película, se nos muestra como una apoteosis sublime de las ideas finales que hemos querido expresar.

Arraigo, desarraigo, inmigración, justicia social, nostalgia del paraíso… y la música, siempre la música, envuelta, aquí, en su poderoso manto de energía indestructible.

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