La edición de sonido en ‘La matanza de los gorrinos’ [broma de los40] | Musikawa

A mis alumnos, intento hacerles ver la creatividad que se despierta con una simple edición de sonido. Muchas veces me habréis escuchado o leído, que la composición no sólo se concibe desde cero. Son muchos los compositores que empleaban melodías y temas musicales “prestados” para sus grandes composiciones y no por ello las menospreciamos.

En mi caso, considero que la experiencia compositiva como tal, no debe privarse a nadie, por muy pocos conocimientos musicales que tenga. Para ser compositor no hace falta estudiar 10 años en un conservatorio, al igual que para pintar un cuadro, no hacen falta años de estudio en academias, escuelas o facultades de Bellas Artes.

Que nadie me malinterprete. Mi planteamiento no está reñido con el talento natural de cada persona, ni con la formación recibida a lo largo de los años. Es más bien, mi lucha por hacer sentir a mis alumnos su potencial creativo con el material básico de la música: el sonido. Algo así como lo que intentaron los pioneros de la música electrónica o la música concreta a comienzos del siglo XX, pero de una manera muy modesta.

Como ejemplo de esta experimentación, podemos conseguir contar historias sólo con sonidos a modo de “poemas sinfónicos” o “piezas futuristas”, modificar y experimentar con frecuencias y efectos sonoros hasta conseguir hacer melodías con el maullido de un gato o el mugido de una vaca y un largo etcétera, que hacen de la remezcla de sonidos existentes y de su modificación, un nuevo producto compositivo con una cierta calidad estética y sonora.

O una broma!!

San Bernardino, famoso humorista de las mañanas de los 40 Principales, emplea la edición de sonido para hacer de las suyas. Escuchar. Seguro que se os ocurren mil maneras creativas de usar la edición de sonido.

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Acerca de los géneros… y el musical, por Luis Enrique Ibáñez

Para Antonio Calvillo, inspirador soporte de motivación y de trabajo… que no se agota nunca, regalando ideas, repartiendo energía…

 

 

Acerca de los géneros… y el musical

 

Los géneros, ya sean literarios, cinematográficos, o de cualquier otro ámbito, deben su existencia, en realidad, a esa pueril obsesión del ser humano por clasificarlo todo, por crear carpetas imaginarias en las que alojar diferentes productos con supuestas características comunes, por inventar y colocar señales de tráfico con la cándida intención de poder orientarnos de forma ordenada y lógica en un mundo de natural mágico y caótico. Son consecuencia de nuestro miedo al desorden, de nuestro temor a caminar desorientados en el interior del bosque de la creatividad. Y de esa infantil función didáctica que tantas veces encoge nuestro pensamiento.

Pero, ¿existen realmente los géneros? ¿Quién se arrogó el derecho de articular las normas que definen uno u otro género? ¿Estaban ahí los géneros desde siempre, previamente, naturales, y los vimos, los descubrimos, y pasamos a definirlos?

No, rotundamente no. “Porque hay un creacionismo, un creacionismo del significante (…) Antes de poder decir noche y día, (explica Jacques Lacan), la noche y el día no existen. No hay más que variaciones de luz.”

Pues bien, antes de poder decir “novela”, “poesía”, “teatro”, “género de terror”, “western”,“suspense”, “musical”… esos compartimentos no existen, no son. Podrían ser, simplemente, variaciones sutiles de la imaginación, de la escritura, de la relación que mantenemos, o intentamos proponer, con una deseada función estética, tan deseada y salvaje que quiere, que necesita, huir de cualquier definición, que no quiere pernoctar en ninguna de esas celdas oscuras que el hombre ordenado ha construido para ella.

En la literatura clásica lo épico venía vestido con su traje de verso; ahora, al parecer, la épica pertenece al género narrativo, y el verso, pues eso, a la lírica, a la poesía. ¿Qué fue, por ejemplo, la Odisea de Homero, a qué género pertenece? ¿Es un libro poético, de realismo social, de amor, de suspense…? De él dijo Umberto Eco:

“Suficiente interés amoroso; incluso hay un toque Lolita, con la adolescente Nausicaa…Grandes momentos dramáticos, un gigante con un solo ojo, caníbales, incluso algo de drogas, pero nada ilegal, porque, que yo sepa, el loto no está en la lista de la Oficina de narcóticos. La escena final está en la mejor tradición de los westerns, con su duro blandir de puños, y el asunto del arco es un golpe maestro del suspense… Y luego el montaje, el uso de flashbacks, las historias dentro las historias…”

Algunos exponentes especialmente representativos de la literatura contemporánea rompen deliberadamente los límites legales de los géneros, traspasan furtivamente todas las fronteras teóricas para imaginar libremente el discurrir de ¿la historia? A Enrique Vila-Matas se le recrimina lo indefinido de sus libros, ¿novela, crítica literaria, ensayo? A Javier Cercas se le critica (y muy duramente por algunos) el hecho de que mezcle periodismo, historia y literatura (Anatomía de un instante, Soldados de Salamina) Sin embargo, esos críticos puntillosos olvidan algo: ¿quién puede atar en corto al Quijote, quién puede definir La Biblia? ¿A qué género pertenecen? La modernidad de la no definición, de la libertad, ya estaba ahí.

Vayamos al cine. ¿A qué género pertenece el trabajo de Chaplin? ¿Género de humor, o de realismo social, de denuncia… arte comprometido con humor? ¿Quién pone la etiqueta?

Con solo ver esto, advertimos lo imposible de la definición (escena de Tiempos modernos).

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Y vayamos, sobre todo, al cine musical. Precisamente este ¿género?, aunque no lo parezca, es el más resbaladizo, pues lo que supuestamente lo caracteriza, la presencia de canciones, de números musicales, más allá de las naturales (a veces) bandas sonoras, se constituye, se articula en forma de transversalidad. Es decir, su identidad penetra todos los otros órdenes temáticos, todos los otros géneros, y, así (puestos a seguirles el juego a los amantes de las definiciones), tenemos musicales de humor, de terror, de realismo social, de suspense, westerns, etc.

Escena del musical Oliver. Es una película británica de 1968 dirigida por Carol Reed, basada en el musical del mismo nombre de Lionel Bart, el cual a su vez se basa en la novela de Charles Dickens Oliver Twist. Fue la última película musical ganadora del Oscar a la mejor película, hasta el triunfo de Chicago 34 años después.

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En esta escena, la canción, el número musical, se inserta en el más crudo realismo social, y esa canción, Food, glorius food (Comida gloriosa) acompaña a esos pobres desdichados en su descenso hasta la última capa de los infiernos, mientras en la cima, los amos del mundo disfrutan, tiranos, de todo su poder. En ese siniestro contraste retórico del arriba y abajo queda servida, con la ayuda inestimable de la sufrida canción, toda la necesaria denuncia social, todo el compromiso ético con esos seres humanos, con esos niños eternos siempre desterrados de la la vida, una y otra vez (también hoy) expulsados del paraíso.

Y más niños en serie, piezas esclavas de una cadena enajenada. Aquí se nos muestra, en perfecto y certero ensamblaje con ese tema musical que supo anclar el absurdo de una existencia opresora, no solo el sufrimiento de unos seres concretos, sino, quizá, la alienación, en general, de una vida ordenada por los fantasmas de la agresión y del error continuado.

Pink Floyd The Wall es una película británica de 1982 dirigida por el director británico Alan Parker basada en el álbum de Pink Floyd The Wall. El guion fue escrito por el vocalista y bajista de Pink Floyd, Roger Waters. Esta película se apunta, además, a más mezcla de géneros, pues se incluyen en ella hasta 15 minutos de escenas que pertenecen a eso que llaman “cine de animación“.

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Otra contraposición luminosa no solo de clases sociales, que también, sino, quizá, de algo más trascendente: dos visiones de la vida tan diferentes, como soñadas desde el imposible. El dulce idealismo del mundo hippie nos ofrece su amable orgullo ante la vida, ante una vida que quiere ser vivida de forma diferente, y con aspiraciones de ser compartida, contagiada. Y siempre orgullosos de tener eso: vida.

I´got life… Tengo vida.

Hair (1979) es una película musical dirigida por Miloš Forman y protagonizada por John Savage, Beverly d’Angelo y Treat Williams. Basada en el musical homónimo de 1967, la película fue nominada al César a la Mejor película extranjera.

Tengo vida, tengo libertad…

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Y los sueños de todos los pobres del mundo también han viajado sobre la espalda de algún tema musical, ofrecido como bálsamo, como desahogo, y como insistente llamada de atención, como machacona denuncia, constatación necesaria de la injusticia que los hombres establecen sobre los hombres… Y ahí nos llega la tristeza, al comprobar que esa música legendaria, que esa queja universal, no ha perdido ni un gramo de su sentido… hoy, cuando los ricos son cada vez más ricos, mientras cada vez más ciudadanos son desterrados de la realidad, de la oportunidad, son despojados de la dignidad, de la vida.

¿Quién no ha pensado alguna vez lo que haría si tuviera mucho dinero? ¿Hay alguien que se haya dejado caer alguna vez en ese delirio fantasioso y, así, poder descansar, para volver después a la vida, a la lucha? ¿No hemos lanzado todos en algún momento nuestra ira hacia ese cielo que nos cubre, hacia ese cielo que observa impasible todo el sufrimiento esparcido sin orden por toda la tierra?

El violinista en el tejado es una película musical estadounidense dirigida por Norman Jewison en el año 1971. Se estrenó en su versión teatral en Broadway en el año 1964 (Fiddler on the Roof), con Zero Mostel como protagonista. Estaba basada en una novela del escritor ruso Sholom Aleichem, titulada Las hijas de Tevye. En la versión cinematográfica, el sonido del violín que toca el violinista, usado como metáfora de la vida inestable de las comunidades judías en la Rusia zarista, fue doblado por Isaac Stern. La película ganó tres premios Oscar.

“Oh, Señor, tú hiciste demasiados pobres, demasiados…

Sí, ya sé que no es una vergüenza ser pobre,

pero tampoco es un gran honor…

Si yo tuviera… una pequeña fortuna…

 

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Y la música se pasea cómoda por la tierra del western, ese género que parece olvidado, incluso despreciado, pero que retorna siempre, para salpicar nuestra recepción de infatigables lecturas, para retorcer con cariño los códigos oficiales, y multiplicar los sentidos, enriquecer la interpretación, más allá de lo aparente, allí en ese lugar donde la historia lineal es solo una amable excusa para ir a otro lugar, siempre al norte, sintiendo el placer de nuestros pasos sobre la tierra.

No echar raíces nunca, nunca… solo feliz y libre cuando se es fugaz.

La leyenda de la ciudad sin nombre es una película estadounidense de 1969, dirigida por Joshua Logan. Protagonizada por Lee Marvin, Clint Eastwood, Jean Seberg, Harve Presnell, Ray Walston y Tom Ligon en los papeles principales. El guion está adaptado por Paddy Chayefsky del musical de 1951 Paint your wagon, de los autores Alan Jay Lerner y Frederick Loewe.

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Y al escuchar el anterior tema, la poesía se siente aludida y llama a la puerta…

“Sólo soy feliz yéndome.

No entre cuatro paredes, con sus sendas espadas…”

 

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Pero, quizá, y al margen de todos los temas posibles que el cine musical puede abarcar, lo más importante, lo más pertinente, desde un punto de vista estético, sea intentar adivinar qué sutil condición debe cumplir para que la simbiosis entre acción y música, entre realidad y danza, sea posible. La solución está en la transición. En la competencia de la escena para que no percibamos cuándo acaba un concepto y cuándo empieza otro: ahí está el secreto, en el placer receptivo de no advertir el momento en el que el personaje ha dejado de hablar y ha empezado a cantar, de no notar esos segundos mágicos en los que los pasos caminantes de los actores se convierten en pasos de baile.

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Esa es la dificultad y la virtud necesaria del musical que se quiere, el deslizamiento suave del significante soportado por códigos diferentes. Ese devaneo suave al filo de la navaja, un coqueteo en la frontera que nuble y confunda la percepción estética del espectador, receptor sorprendido, cuando descubre que no ha sabido ubicar el límite entre la realidad contada y la inserción musical. Esto solo se produce cuando la canción, el baile, la música aparecen insinuados, suavemente, hasta hacerse presentes. Y no como una prótesis, incrustada de forma ortopédica, violentando, como una visita inesperada, como un extraño que no ha sido invitado, la imaginación que quería soñar… entregada.

En los musicales torpes (todos podemos recordar títulos, españoles, y de fuera) la aparición de la música se hace de forma artificial, tosca, como obligada, como si alguien dijera “y ahora, una canción… y ahora, un numerito“. Y no es eso, desde luego, no es eso.

West Side Story es una película se esfuerza por respetar lo natural, por hacer que parezca fácil lo que es sumamente difícil. Esa maravillosa traslación del mito de Romeo y Julieta se convierte en una maestra digna y generosa que nos enseña, sin aspavientos, qué es un musical.

Y, por último, la siguiente escena de esa película, se nos muestra como una apoteosis sublime de las ideas finales que hemos querido expresar.

Arraigo, desarraigo, inmigración, justicia social, nostalgia del paraíso… y la música, siempre la música, envuelta, aquí, en su poderoso manto de energía indestructible.

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